viernes, 18 de noviembre de 2016

DESCOLONIZAR LOS GÉNEROS FILOSÓFICOS EN AMÉRICA LATINA



DESCOLONIZAR LOS GÉNEROS FILOSÓFICOS EN AMÉRICA LATINA
(Una lectura desde María Zambrano)[1]

 Por: Damián Pachón Soto[2].
“El hombre es el ser que padece su propia trascendencia. Y, por tanto, padece su realidad: la suya y la realidad en tanto que le es dada, que le concierne”.
(Zambrano, 2011a, III, p. 850)

Introducción

En 1939, tras la guerra civil española, inició el exilio de María Zambrano, la primera mujer en recibir el Premio Cervantes de Literatura en 1988. Su exilio duró 45 y la llevó por distintos países de América Latina y Europa: México, Cuba, Puerto Rico, Francia, Italia, entre otros. Ese año ella partió hacia Francia en una caravana donde también iba el escritor y amigo de su padre Antonio Machado, su objetivo era embarcarse al Nuevo Mundo. Esa salida significó para ella, como para muchos españoles que vieron la derrota de la Republica, iniciar lo que se ha llamado una “España peregrina”. Desde ese momento todos los intelectuales españoles que fueron desarraigados de su patria, lanzados al exilio del suelo donde nacieron, crecieron y forjaron sus sueños, se convirtieron en la conciencia errante de España; ellos eran la “España peregrina” que debía dar razón de su tierra y justificarse donde quiera que tocaran suelo. Con el exilio, dice María Zambrano, ellos se vieron: “así en la vida […] desprendidos del fluir de la historia […] Al exiliado lo dejaron sin nada, al borde de la historia, sólo en la vida y sin lugar; sin lugar propio […] sin lugar histórico”. (Zambrano, 2004, p. 467. Supresiones fuera del texto).

En esos años fueron muchos los intelectuales que llegaron a América: filósofos, poetas, historiadores, etc., según documentó muy bien José Luis Abellán en su  libro El exilio filosófico en América. Los transterrados de 1939[3]. Entre los nombres más sobresalientes de pensadores que arribaron a tierra americana encontramos a: José Ferrater Mora, José Gaos, Eugenio Imáz, Eduardo Nicol, Joaquín Xirau, Juan David García Bacca, María Zambrano, Adolfo Sánchez Vásquez, Recanséns Siches, Medina Echavarria, José María Ots Capdequí, Claudio Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, Américo Castro, Juan Ramón Jiménez, Emilio Prados, Rafael Alberti, para sólo mencionar algunos nombres del más de medio millón de exiliados (Abellán, 1998, pp. 21-25).
El exilio español tuvo históricamente dos grandes efectos. Por un lado, significó en España que la renovación cultural que había iniciado la llamada Generación del 98 de Miguel de Unamuno, Azorín, Ángel Ganivet, y continuada luego con gran esfuerzo por Ortega y Gasset y sus discípulos, se frustrara, quedara a medio camino[4]; en segundo lugar, el exilio terminó beneficiando intelectualmente a América Latina. No deja de ser curioso para el caso de Nuestra América que España nos haya apartado del mundo moderno europeo desde el siglo XVI, y que en el siglo XX, la misma España nos reconectara con esa realidad cultural que estaba más allá de los Pirineos y que había permanecido ajena por varios siglos. Esto es muy importante para nuestro desarrollo filosófico y para la historia de las ideas. Sin la labor de Miguel de Unamuno, de Ortega y Gasset, de José Gaos, por ejemplo, el despertar filosófico de América Latina no hubiera sido posible. En últimas, como latinoamericanos le debemos mucho al exilio, pues hizo posible nuestra apertura intelectual hacia Europa en el campo filosófico, especialmente, propiciar el contacto con la fructífera tradición de la filosofía alemana desde Inmanuel Kant hasta Edmund Husserl y Martín Heidegger.  
En este proceso María Zambrano jugó un papel relevante, junto con los otros pensadores, en especial, la labor de José Gaos en México. Zambrano tiene también un importante puesto en esta historia. Como gran parte de sus compañeros filósofos, Zambrano es acogida en México en 1939 en la Casa de España (desde 1940 Colegio de México)  fundada en 1938 durante el gobierno del presidente mexicano, nacionalista, Lázaro Cárdenas, que tanto apoyo dio a los exiliados españoles. Es allí, en la Casa de España de México, dirigida por el escritor Alfonso Reyes, donde inicia el periplo latinoamericano de María Zambrano: en su estadía en Nuestra América ella dictó clases en Morelia y en 1939 publicó sus dos libros Filosofía y poesía y Pensamiento y poesía en la vida española. En México entablará amistad con el mencionado Alfonso Reyes, con Daniel Cosío Villegas y Octavio Paz (Enríquez, 2004); en Cuba, gracias a su labor de conferencista en la Institución Hispano-Cubana de Cultura hace amistad con Nicolás Guillén, José Lezama Lima, Cintio Vitier y Juan Marinello (Viñalet, 2004; Vitier, 1998). Y entre 1940 y 1953, dictará también varias conferencias en la Isla de Puerto Rico.
Pero, ¿cuál fue el aporte de María Zambrano al pensamiento latinoamericano?  Para dar respuesta a esta pregunta es necesario aludir al legado de Ortega y Gasset y al problema de la existencia o no de una Filosofía propia latinoamericana, aspecto en el cual la discusión en torno a las formas de expresión de la filosofía o “géneros filosóficos” (diálogos, cartas, sistemas, meditaciones, etc.) es importante. En lo que sigue, mostraré la relación entre el problema de la existencia de la filosofía latinoamericana y los mencionados “géneros filosóficos”.  

María Zambrano, Ortega y Gasset y la filosofía latinoamericana.

Como muchos filósofos españoles, María Zambrano se formó con Ortega y Gasset. Ella fue influida por su presencia, por su ánimo, por su proyecto de elevar a “España a la altura de los tiempos”, de esclarecer la circunstancia española y de europeizar a España, tal como lo había formulado en su libro auroral Meditaciones del Quijote de 1914, un libro que contenía “los latidos de la preocupación patriótica” (2010, p. 89). Por eso, en 1939, cuando Zambrano deja España y se dirige hacia Francia lamenta en las entrañas  no haber podido llevar consigo todas las lecciones que había tomado con Ortega y también con ese otro gran maestro español Xavier Zubiri. Y si bien María Zambrano tuvo diferencias con Ortega, ella siempre se consideró su discípula, lo consideró su maestro. Por eso en 1949 decía, en un artículo que publicó en Puerto Rico:
“El pensamiento de un maestro, aunque sea de filosofía, es un aspecto casi imposible de separar de su presencia viviente. Porque el ‘Maestro’ antes que alguien que enseña algo es alguien ante el cual nos hemos sentido vivir en esa específica relación que no proviene tan sólo del valor intelectual […] sus silencios valen a veces tanto como sus palabras y lo que insinúa puede ser más eficaz que lo que expone a las claras” (Zambrano, 2011b, p. 87).
Lo que dice Zambrano en este artículo es que el maestro ante todo inspira. Es alguien que nos lleva a nosotros mismos, y que nos permite encontrar nuestro propio camino en la vida, en la filosofía. Y eso fue precisamente lo que Ortega logró con María Zambrano: que ella encontrara su propia ruta en el devenir del pensamiento, si bien bebiendo del legado del Maestro.
Para comprender el pensamiento de Zambrano, es necesario recordar aquí la sintética y famosa frase de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia y si no las salvo a ella no me salvo yo” (2010, p. 77), frase en la que, según él, se resumía parte de su filosofía. Lo que quiere decir Ortega en esta frase es que el hombre está inserto dentro de una circunstancia concreta, su propia realidad, su mundo, lo que lo circunda, lo rodea. Esa circunstancia era para Ortega la misma realidad española, la realidad nacional que Ortega quería salvar. Esa realidad era la España invertebrada, desunida, conflictiva, atrasada, regionalista, de labriegos, que el filósofo español había descrito en su libro de 1921 (1967, p. 51 ss.). Ahora, el hombre padece, sufre, esa realidad, por eso la realidad se le resiste, razón por la que el hombre debe enfrentarse con ella. Es en esa circunstancia donde se da el drama entre el yo y el mundo. Es en la vida como realidad radical donde está la tensión entre el sujeto y la realidad, pues ambos no son más que partes de la vida, del vivir (1970, p. 103), pues “la verdad es que existo yo con mi mundo y en mi mundo” (Ortega, 2007, p. 192). Y es esa realidad la que hay que salvar también, para que, a la vez, pueda salvarse el hombre que la habita.
María Zambrano acoge estas ideas. En sus Escritos sobre Ortega dice: “Pues si la vida humana es el drama habido entre el yo y las circunstancias, y obligados por él pensamos, quiere decir que sólo así nos hacemos protagonistas de nuestra propia vida.” (Zambrano, 2011b, p. 153). Esto quiere decir que cuando el hombre siente el naufragio, esto es, siente que se hunde, que el mundo que tiene se le diluye, que las creencias que le brindaban seguridad ya no lo hacen, es necesario pensar, pues el pensar es acción salvadora. Por eso, en los momentos de crisis el pensamiento salva al hombre del naufragio, del ahogo, pues “sólo por la acción nos mantenemos a flote y pensar es acción, pensar es nadar” (Zambrano, 2011b, p. 138). 
El planteamiento de Ortega buscaba justificar la necesidad de pensar para salvar a España. Había que pensar la circunstancia española, pero también había que salvar la circunstancia, pues si no "la salvo a ella no me salvo yo". En su momento, después de la crisis del 98, cuando España pierde a Cuba, su última Colonia en América; cuando pierde las Filipinas, cuando España ve derrumbarse el Imperio que había construido por más de 400 años; cuando España se encuentra encerrada tras los Pirineos, sin ciencia, sin filosofía moderna, etc., sólo aparece una España en crisis. Por eso Ortega inició su proyecto de reconectar a España con Europa, por eso fundó la Revista de Occidente en 1923, y sus otros proyectos editoriales; por eso Ortega creyó que había que hacer un alto en el camino y pensar la realidad española.
Pero esta situación de crisis que se percibía en España también tenía su equivalente en América Latina, pues las situaciones eran semejantes (Zea, 1990, pp. 67-68)[5]. Al finalizar el siglo XIX Estados Unidos continuó su intervención imperialista en el continente. No sólo había despojado a México de California, Tejas y Nuevo México, en 1847, sino que también se había apoderado de Cuba y Puerto Rico en 1898, y en 1903 había apoyado la separación de Panamá de Colombia. América Latina estaba a merced de los Estados Unidos y esto era visto como el máximo peligro. Se temía en Nuestra América más intervenciones y por eso razón se inició un proceso nacionalista, de búsqueda de la identidad, de reflexión sobre el propio pasado y, ante todo, sobre el porvenir. Una clara expresión de esa actitud fue la Revolución Mexicana de 1910. Como dice el filósofo mexicano Leopoldo Zea:
“En la revolución se va haciendo expreso un nacionalismo, como resultado de la búsqueda de la propia identidad, un nacionalismo a la vez defensivo frente a las presiones, cada vez más crecientes, del imperialismo. Nacionalismo y anti-imperialismo que se verán encarnados en la Revolución mexicana y que harán suyos los pueblos latinoamericanos” (Zea, 1986, p. 141).   
Por esta razón, hacia los años 30 cuando María Zambrano llega a México, se vive un nacionalismo auténtico, que piensa la región, los recursos, que impulsa la cultura y la filosofía, que anda en búsqueda de la identidad de América Latina, y que quiere construir un futuro. Ese deseo de futuro se siente más en 1939 tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial. La reflexión que se hace en América Latina por esta época es: hemos estado bajo la sombra de Europa, pero ahora que Europa ha perdido sus valores, ahora que Europa entra de nuevo en guerra, ¿qué tenemos que hacer los latinoamericanos? La respuesta de los intelectuales que en México habían recibido a los exiliados españoles, y entre ellos, a José Gaos y María Zambrano fue: es necesario crear un pensamiento auténtico, original, latinoamericano; había que apostarle a la filosofía latinoamericana. Y la creación de ese pensamiento implicaba, como en Ortega, el estudio de la circunstancia, de la realidad latinoamericana, que en nuestro caso significó pensar nuestra historia, revisar la tradición intelectual nuestra del siglo XIX como la de Andrés Bello, José Martí, José Enrique Rodó, etc. Fue necesario, también, editar muchas obras del siglo pasado, iniciar proyectos editoriales como el Fondo de Cultura Económica, la Revista Cuadernos Americanos, y conectarnos igualmente con el pensamiento europeo y dialogar con él. Esta labor fue la que impulsó, entre nosotros, el maestro español José Gaos junto con su discípulo más aplicado: el mexicano Leopoldo Zea. Con ellos dos se inicia en América Latina la pregunta por la filosofía latinoamericana y el llamado proceso de normalización filosófica en la región.  
Sin embargo, cuando se pregunta por una filosofía latinoamericana se pregunta también: ¿qué tiene de especial la filosofía latinoamericana? ¿Luego la filosofía no es universal? ¿Ha existido en América Latina una filosofía propia; o toda ella no es más que copia servil del pensamiento europeo? Estas preguntas son importantes. Se plantean en el momento en que María Zambrano toca suelo latinoamericano y empieza a reflexionar sobre España en su libro Pensamiento y poesía en la vida española. En España también el debate había sido: ¿hay filosofía española? ¿No se ha mantenido acaso España por fuera del ámbito del pensamiento europeo?
Miguel de Unamuno había dado una respuesta a la pregunta sobre la existencia o no de una filosofía española. En Del sentimiento trágico de la vida había dicho:
Abrigo cada vez más la convicción de que nuestra filosofía, la filosofía española, está líquida y difusa en nuestra literatura, en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística, sobre todo, y no en sistemas filosóficos” (1983, p. 311).
De ahí que Teresa de Ávila vale por la crítica de la razón pura de Kant.  Unamuno decía dos cosas interesantes: la primera, que en España sí había filosofía; la segunda, que ésta filosofía no se encontraba en los sistemas filosóficos perfectamente construidos, cerrados, sistemáticos, etc., tal como los sistemas filosóficos alemanes, por ejemplo, el de Hegel a quien Unamuno llamaba un “gran definidor”.
Lo curioso es que después, y a pesar de los esfuerzos de Ortega y Gasset, muchos de sus críticos decían que no existía tal filosofía, y que incluso, la misma filosofía de Ortega, debido a su estilo ensayístico, a su carácter de meditación, no era filosofía rigurosa, ni estricta, ni científica (Nicol, 1998, p. 144). Aducían que el mismo Ortega era un improvisador, que era un difusor de la filosofía pero no era él mismo un filósofo auténtico. Pues bien, así como se negó la existencia  de una filosofía en España, se negó o se ninguneó la existencia de una filosofía propia en América Latina.
En nuestro contexto- volviendo a América Latina- serán Gaos y María Zambrano los que justificarán, esto es, brindarán razones, para hablar de la existencia de una filosofía propia tanto en España como en América Latina (Pachón, 2015, pp. 35-56). Para Gaos, nuestra filosofía era ante todo un pensamiento inmanente, práctico, ocupado de cuestiones políticas, éticas y estéticas, donde la formación del ciudadano era importante. Asimismo, esa filosofía no estaba escrita en rígidos sistemas filosóficos, como el de Kant o el de Hegel, sino que estaba plasmada en estilos como el ensayo o incluso en la oralidad (Gaos, 1945, p. 90). Era una filosofía elaborada por algunos intelectuales, por una minoría selecta, como decía Ortega, que estaba al servicio de nuestra independencia. Decía Gaos:
“De la historia de la filosofía forman parte, de hecho y de derecho, las filosofías ametafísicas, asistemáticas, literarias. Hay que fijarse también en estas. En la Historia de la filosofía, en su integridad no mutilada. Y la conclusión no podrá negar al pensamiento hispano-americano contemporáneo el nombre de filosofía” (1945, p. 51).
Para María Zambrano también la filosofía, el pensar, en el caso de España estaba en la literatura, en la poesía. Por eso sostenía:
“La interpretación de nuestra literatura es indispensable. Al no tener pensamiento filosófico sistemático, el pensar español se ha vertido dispersamente, ametódicamente, en la novela, en la literatura, en la poesía” (1971, pp. 292-293).  
Como puede verse, María Zambrano decía lo mismo que Miguel de Unamuno: nuestro pensamiento, nuestra filosofía está en la literatura, en la novela y está plasmada de manera asistemática, no en sistemas filosóficos, no en “castillos de razones”. Así las cosas, María Zambrano permitía indirectamente afirmar que sí existía un pensamiento filosófico en América Latina, y que éste se encontraba, por ejemplo, en las obras de José Martí, José Enrique Rodó[6], José Vasconcelos, Samuel Ramos, José Carlos Mariátegui.
Esta defensa de nuestra filosofía se podía defender, además, porque para Zambrano: “en principio, se puede hacer filosofía a partir de cualquier realidad desde cualquier lugar” (Zambrano, 2011b, p. 147). Esto quiere decir que la filosofía no es exclusiva de ningún pueblo, y que, por lo tanto, se puede hacer filosofía, se puede pensar desde cualquier circunstancia, sobre cualquier cosa o problema humano, en cualquier lugar donde el hombre padezca su realidad, la sufra, pues es ese sufrir el que conmina, el que obliga a pensar para salvar al hombre que habita ese mundo específico.  Pues sólo quien “padece su propia trascendencia” se siente obligado a pensar. Y estas palabras de Zambrano, estaban relacionadas enteramente con el problema surgido desde los años 40, pues ¿no había padecido pues el pueblo latinoamericano el colonialismo y el imperialismo por más de 4 siglos? Por otro lado, como ese padecimiento es concreto, es al pensar esa situación específica como la filosofía alcanza su universalidad, pues si bien la filosofía es universal, esa universalidad nace siempre de un lugar concreto, de unas necesidades, unas metas y unos problemas que tiene el hombre de carne y hueso. Esto es así porque todo pensamiento es situado, anclado en un mundo específico. Era la misma idea de Gaos, para quien Hegel, Kant, Marx, habían pensado universalmente pero partiendo de sus realidades particulares.

El problema de las formas de expresión de la filosofía o los “géneros filosóficos”

Además, hay otra idea sumamente relevante en María Zambrano que permitió darle carta de ciudadanía a la filosofía latinoamericana. Esta idea está expresada así: “Se ha de tener en cuenta que paralelamente a lo que Aristóteles enuncia del Ser, la filosofía se dice de muchas maneras; que bajo del nombre de filosofía coexisten estructuras de saber muy diferentes a lo largo de su historia” (2011b, p. 131). Lo que María Zambrano dice aquí, tal como también sostuvo José Gaos, es que la filosofía se ha expresado de muchas formas a lo largo de la historia, en muchos géneros filosóficos. Es decir, que la filosofía no sólo se ha escrito, y no sólo se escribe en sistemas filosóficos, sino que también se ha expresado en el poema de Parménides, en las enigmáticas sentencias de Heráclito, en las cartas de Epicuro, en las epístolas de Séneca, en los comentarios medievales, en los diálogos, en las meditaciones cartesianas y orteguianas, en los fragmentos y aforismos de Nietzsche, en los llamados escolios, etc. De tal manera que cabe la pregunta: ¿si los aforismos de Nietzsche son filosofía, por qué no es filosofía el pensamiento de Ortega? El punto que cuestionó María Zambrano era la creencia generalizada de que la filosofía sólo es aquella que está expresada de manera sistemática, es decir, en el género filosófico “sistema” tal como se entendía en Europa.
Por eso ella combatió esa idea desde sus obras tempranas. Veamos su crítica al sistema filosófico. Sin embargo, antes es preciso aclarar qué es lo que se entiende por sistema en filosofía: por sistema filosófico, normalmente se entiende una construcción arquitectónica del pensamiento, un edificio coherente de ideas, donde desde unas ideas centrales se deducen otras, y así sucesivamente. El resultado, es un engranaje conceptual, jerárquico, donde hay una clara relación de los conceptos entre sí,  y donde sobresale la coherencia y el orden. Pues bien, esta es la idea de sistema que María Zambrano critica. Ella llamó a este tipo de construcción un “castillo de razones”, un campo hermético donde nada puede penetrar, como sistema cerrado. Es el sistema, cuya unidad exige la violencia. Es decir, Zambrano criticaba el sistema racionalista, a lo Hegel, diríamos hoy. Para la filósofa española en este tipo de construcciones arquitectónicas del pensamiento estaba presente un grado de violencia que forzaba a la realidad a caber en los marcos conceptuales, en las categorías del pensamiento.
Por otro lado, la filósofa también habló de otro tipo de sistema: el sistema abierto. Esta forma de sistema es el que está presente en la obra de Ortega. En este caso, lo que importa es la unidad de la obra. La unidad también se dice de muchas maneras. Una obra escrita en fragmentos puede tener unidad, una explicación coherente del mundo, una visión coherente de los problemas. Para María Zambrano no había duda de que la filosofía de Ortega había ido pasando por ciertas etapas, cada vez madurando más, pero sin cerrarse sobre sí mismo, sin dar por clausurado o suturar el pensar. El pensamiento de Ortega era un sistema abierto a diferencia del sistema de Hegel que se cerraba sobre sí mismo. Por eso, para la pensadora española, hay dos tipos de sistema: el sistema cerrado y el sistema abierto. Ella optó por este último, pues en él también había una unidad. Al respecto decía: “Sistema es unidad y la unidad se dice también de varias maneras, todas las maneras en que el entendimiento humano la aborda y en que el hombre la vive” (2011b, p. 133). Para Zambrano, la unidad y el sistema se dicen de manera plural; el sistema abierto es ritmo y número, es música, es el “movimiento interno de la filosofía”: hay unidad en la poesía, en un conjunto de aforismos como en la obra de Nietzsche, en las confesiones de San Agustín. La unidad es también una forma de ver y sentir el mundo.

Por lo demás, para Zambrano el sistema filosófico racionalista- cerrado- se había tornado hegemónico en occidente y eso había originado serios problemas. Al respecto decía:
“Los sistemas con que se ha venido a identificar la filosofía tuvieron su era en los siglos diecisiete y dieciocho; no antes ni después. El Renacimiento, pobre en sistemas filosóficos, fue rico en Diálogos, Meditaciones, Epístolas cruzadas entre humanistas […] La crisis actual se extiende también a las formas literarias y de pensamiento que parecen estar agotadas para lo que se necesita […] y se hace necesario hoy rescatar formas olvidadas, oscurecidas,  por el brillo de las últimamente dominantes. La forma sistemática ha vencido a las demás y ha arrojado sobre ellas una especie de descalificadora sombra” (Zambrano, 2005, p. 64. Supresiones fuera del texto).
Como puede verse claramente, María Zambrano pensaba que esos sistemas de pensamiento cerrados, difíciles, sistemáticos, herméticos, eran como jaulas de hierro. Y que de hecho, esa manera de escribir filosofía había matado, había ahogado a otras formas de plasmar el pensamiento, a otras formas de revelar el drama humano. Por eso ella misma escribió en fragmentos. María Zambrano llevó a la práctica su crítica a la farragosa y densa manera de escribir de la filosofía europea, y por eso optó por escribir con metáforas y en imágenes. Por eso es que su obra está escrita musicalmente, ritmicamente. Su pluma es danzante y sus frases están llenas de sentido…no siempre fácilmente seguibles.

Conclusiones
Para María Zambrano era claro que: “Ser filósofo es llevar, vigente siempre, un imperativo de claridad” (Zambrano, 2005, p. 184). ¿De dónde sacó Zambrano esta idea de la relación entre filosofía y claridad? Sin duda de Ortega y Gasset. Así como su maestro vio la necesidad de transparentar, hacer clara una imagen de España, para poder salvarla y para poder salvarse, María Zambrano quiso hacer lo mismo con su razón poética, una razón más ancha, de muchas formas, para aclarar no sólo la realidad de España, sino también la realidad de la crisis y de la agonía de Europa, de esa “noche oscura de lo humano”, de ese terror que había dejado a Europa en un pantano (2000, p. 30). Con la razón poética, que superaba la violencia del racionalismo en crisis, Zambrano quiso acercarse también a las profundidades de la vida, de las entrañas, de los sueños y el tiempo. Y esa filosofía suya que preguntaba por las “formas íntimas de la vida”, deseosa de “un saber sobre el alma”, también en la época se avenía y daba alimento a las filosofías de la vida que surgían en América Latina en la primera mitad del siglo pasado, pues entre nosotros también se desarrolló el vitalismo y el problema de la vida, ya fuera de la mano del propio Ortega, ya fuera de la mano de Max Scheler.
 María Zambrano, con su pensamiento que puede ser caracterizado como un “pensamiento de esperanza en tiempos de crisis” (Bungard, 1998, p. 44), abogó por la necesidad de unir pensamiento y vida, con el fin de iluminar la dispersión de la  vida misma, por eso decía:
“La vida no puede ser vivida sin una idea. Más esta idea no puede tampoco ser una idea abstracta. Ha de ser una idea informadora, de la que se derive una inspiración continua en cada acto, en cada instante; la idea ha de ser una inspiración” (Zambrano, 2005, p. 81).
De ahí la urgencia de que la idea, el pensamiento, diera forma a la vida, pues no hay vida sin forma, sin figura. Y esto significa en nuestro caso, que el pensamiento de Zambrano fue y sigue siendo un llamado para que el hombre de Nuestra América esclarezca su mundo, ilumine su realidad, desentrañe sus nudos e ilumine con la esperanza su futro. A mediados del siglo pasado, frente a la catástrofe de Europa, y frente a la intemperie en que América Latina quedó, el llamado de María Zambrano fue a pensar en medio de la crisis, fue a forjar nuevas ideas para remplazar las creencias ya caducas, ya diluidas.
Y para esta labor, era necesario rescatar la filosofía, era necesario darle carta de legitimidad, de ciudadanía. Y para eso, había que criticar la idea hegemónica de filosofía, concibiéndola, más bien, de manera múltiple, dándole derecho a cualquier pueblo a pensar. Había que descolonizar los géneros filosóficos. Y no ruborizarse al decir “filosofía latinoamericana”, pues: “Y si se dice ‘filosofía griega’ o ‘filosofía alemana’ es por razones ajenas a la intención de quienes la hicieron”. De tal manera que la filosofía latinoamericana no es otra cosa que la filosofía producida en esta región, como pensamiento anclado, concreto e histórico.
Zambrano concibió la filosofía como esclarecimiento de la circunstancia y de la vida humana. Eso significó legitimar el estudio de la realidad latinoamericana para paralela y concomitantemente producir una  transformación; ella se percató de la multiplicidad de formas de la filosofía y reivindicó esa misma carta de ciudadanía no sólo para el pensamiento español sino para el de este continente. Estas son ideas muy importantes hoy, incluso posmodernas en el mejor sentido, que se encuentran presentes en autores latinoamericanos como Enrique Dussel, Horacio Cerutti, Pablo Guadarrama, Jossef Esterman, entre otros, quienes han defendido la dignidad de un pensamiento crítico y creativo en Nuestra América.












Referencias.
Abellán, J.. (1998). El exilio filosófico en América. Los transterrados de 1939. México: Fondo de Cultura Económica.
Bungard, A. (1998). “El binomio España-Europa en el pensamiento de Zambrano, Ferrater Mora y Ortega y Gasset”. En: Claves de la razón poética. Un pensamiento en el orden del tiempo. Madrid: Trotta, pp. 43-54.  
Enríquez, A. (2004). “Jornadas de Filosofía y poesía española. María Zambrano en México”. En: María Zambrano: la visión más transparente. Madrid: Trotta, Fundación Carolina, pp. 561-582.
Gaos, José. (1945). Pensamiento de lengua española. México: Stylo.
Nicol, E. (1998). El problema de la filosofía hispánica, México: Fondo de Cultura Económica.
Ortega y Gasset, J (1970). Unas lecciones de Metafísica, Madrid: Alianza Editorial.
__________________(1967). España invertebrada, Madrid: Revista de Occidente.
__________________ (2010). Meditaciones del Quijote (Julián Marías ed.). Madrid: Crítica.
__________________(2007). ¿Qué es filosofía?, Madrid: Espasa-Calpe.
Pachón, D. (2015). “María Zambrano, José Gaos y la filosofía latinoamericana”. En: Mará Zambrano: Between the Caribbean and the Meditteranean, (Madeline Cámara y Luis Ortega, eds.). Newark, Delaware: Juan de la Cuesta, pp. 37-56.  
Unamuno, M. (1983). Del sentimiento trágico de la vida, Madrid: Sarpe.
Viñalet, R. (2004). “María Zambrano en la Institución Hispano-Cubana de Cultura”. En: María Zambrano: la visión más transparente. Madrid: Trotta, Fundación Carolina, pp. 545-559.
Vitier, Cintio. (1998). "María Zambrano y Cuba", en: Claves de la razón poética. María Zambrano: un pensamiento en el orden del tiempo (Carmen Revilla, Editora), Madrid, Trotta, pp. 25-35.  
Zambrano, María. (1971). "Pensamiento y poesía en la vida española". En Obras reunidas. Buenos Aires: Aguilar.
______________. (2000). La agonía de Europa, Madrid: Trotta.
______________. (2004). La razón en la sombra. Antología crítica (Jesús Moreno Sanz ed.). Madrid: Siruela.
______________. (2005). Hacia un saber sobre el alma. Buenos Aires: Losada.
______________. (2011a). "Los sueños y el tiempo". En Obras completas, (Vol. III). Barcelona: Galaxia Gutenberg- Círculo de lectores.
______________. (2011b). Escritos sobre Ortega. Madrid: Trotta.
Zea, L. (1986). América como autodescubrimiento. Bogotá: Universidad Central.
_________(1990). Discurso desde la marginación y la barbarie. México: Fondo de Cultura Económica. 


[1] Conferencia presentada en el Instituto Cervantes de Tokio, Japón, Mayo 23 de 2016 bajo el título “María Zambrano y la Filosofía Latinoamericana”.  Hace parte de las investigaciones realizadas al interior del Grupo de Estudios de Historia del Pensamiento y la Cultura en Colombia y América Latina. Bartolomé de las Casas.
[2] Candidato a Doctor en Filosofía por la Universidad Santo Tomás. Profesor Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad. Autor de varios libros, entre ellos, “Estudios sobre el pensamiento colombiano” (2011); “Estudios sobre el pensamiento filosófico latinoamericano” (2015); “Crítica, Psicoanálisis y emancipación. El pensamiento político de Herbert Marcuse (2ª edición, 2016).
[3] El libro fue publicado inicialmente en 1967 con el título: El exilio filosófico en América (1936-1966). El libro evitó, por razones políticas, la expresión “exilio filosófico”. Por eso luego, en la edición aquí citada, y tras la muerte de Franco, el texto alude sin ambages a todos aquellos quienes tuvieron que salir de España tras la Guerra Civil.
[4] Sin embargo, quienes se quedaron como Xavier Zubiri y otros como José Luis Aranguren y Laín Entralgo, continuarán tímida y limitadamente, a causa de la dictadura, ese proceso de renovación intelectual y filosófica de España.
[5] Con la pérdida de imperio por parte  de España, América se libera, pero también lo hace España. Como bien lo afirma Eduardo Nicol: “España se hace independiente ella misma con la independencia final de las colonias” (1998, p. 120).  De ahí que en ambos lado del Atlántico el problema de la identidad se hacía volviendo “sobre su propia realidad e historia” (Zea, 1990, p. 67). 
[6] Gaos no tenía duda, por ejemplo, de la existencia de esa filosofía.